Hay elementos implícitos en el tema del capítulo 2, que Wadia no tomó
en cuenta. Ni los toman en cuenta tampoco los muchos otros que aceptan
sólo aspectos de la clave metafísica para estudiar la doctrina secreta
--como si éstos fuesen suficientes para comenzar un verdadero "estudio"
de la teosofía.
Por ejemplo, es posible que un aspecto importante del encanto de las
estructuras metafísicas esté relacionado al hecho de que a los seres
humanos siempre nos ha atraído oír un buen cuento. Cuando uno hace
consciencia de que los esquemas metafísicos no son en el fondo sino
cuentos interesantes para intelectuales y para devotos de la mente
conceptual, su atracción irresistible --parecida a la de ciertas
drogas-- quizás sea más comprensible. En todo caso, los seres humanos
han tenido hasta el presente la tendencia a actuar como si estuviesen
muy poderosamente encantados por cuentos de ese tipo, y por su elegancia
lógica. Quizás pueda entonces percibirse que los maestros de la
filosofía perenne que escribieron La Doctrina Secreta
usaron a menudo (aunque, claro está, no siempre) estilos de comunicación
en los que se hacen cuentos. Ahora es posible percibir que esto se
puede haber hecho en gran parte para complacer a su audiencia
victoriana, y aliviar posibles temores en esos círculos.
Esa era una audiencia sedienta por aceptar cualquier teoría del
universo que se aproximase de alguna manera al idealismo alemán en su
expresión, dado que ese sistema filosófico estaba muy de moda en
círculos victorianos. Tal es así, que hasta se puso de moda ponerle
mayúsculas a muchas palabras, una práctica que es intrínsecamente
foránea a otros idiomas europeos (incluyendo el español), por mucho que
sea parte de la gramática alemana. A pesar de ello, ese uso anacrónico
continuó empleándose --como en el pasaje de Barborka citado en el
capítulo 2, en un libro que se publicó en la década de 1960. Ese
manerismo literario se usa a menudo como una especie de sinécdoque que
era típica del idealismo alemán, y del romanticismo, para hipostatar u
objetivar ciertas ideas predilectas.
La audiencia victoriana estaba también apasionadamente interesada en
cualquier teoría que lidiase con el entonces popularísimo tema de la
evolución, y que tuviese algo interesante que decir sobre la relación
entre la ciencia y la religión, dada la confusión general que existía
sobre ese tema. Es muy probablemente por razones como esas que la
doctrina secreta la revistieron los maestros de la filosofía perenne
para esa tertulia, de la forma en que lo hicieron. Esa parece ser una
razón por la cual las enseñanzas se dieron a veces usando el lenguaje
bombástico típico de esa era, y por qué se adentran sus
anti-intelectuales autores en cuestiones de interés para audiencias
victorianas. Pero debajo del barniz de todas esas excreciones
victorianas se puede hallar la enseñanza de Djian, de la meditación mística --de la transformación humana.
Comentarios victorianos sobre Zen
La Doctrina Secreta es en gran parte un comentario de porciones de un manuscrito muy antiguo, al que HPB llama Las Estancias de Dzyan.
Según parece, algo importante se perdió en la traducción del zenzar (el
idioma en que se dice que se escribió el original de las Estancias)
al inglés victoriano. Como resultado de malas interpretaciones de tan
difícil traducción, durante el primer siglo tras la publicación de La Doctrina Secreta
se publicaron aproximadamente unas dos docenas de comentarios escritos
en inglés victoriano por diversos autores. Esto, a pesar del hecho de
que el dialecto victoriano (con todos los prejuicios que éste conlleva)
había para entonces dejado de tener viabilidad, por no decir
credibilidad. Si uno puede captar el humor en presentar una enseñanza
zen, escrita en zenzar, pero usando sólo inglés victoriano
(con todos sus prejuicios y expectativas), entonces quizás podría
comprender un poco mejor cual habría sido la genuina intención --y la
desesperanza-- de los maestros de HPB.1
Aún cuando todos los comentaristas subsecuentes enfatizaron
diferentes aspectos y consideraron esa obra desde distintas
perspectivas, todos y cada uno de sus escritos asumen que la doctrina
secreta es estrictamente un sistema de metafísica. Todos ellos toman por
sentado, sin excepción, que cualquier persona que tenga buen seso, un
bagaje aceptable de conocimientos, y buenas habilidades lógicas, podría
aceptar o rechazar tal sistema, basándose exclusivamente en sus méritos
intelectuales.
Ninguno de esos libros dice, en ninguna parte, que el requisito
previo para realizar tal estudio es el que HPB enfatizó: haber logrado
un nivel razonable de transformación psicológica de la vida normalmente
autocentrista que vivimos la mayoría de los seres humanos, para poder
siquiera comenzar. HPB se refería a esa transformación
psicológica-espiritual siempre que hacía referencia al sendero del
discipulado y a la iniciación. Según esa percepción, en ausencia de la
vida del discipulado, lo que se dice , se escribe, o se piensa,
pertenece --casi que por definición-- al mundo fuera del ádito de la
enseñanza perenne, y por lo tanto no es teosofía propiamente. Por la
naturaleza misma del caso, lo más probable es que dichas especulaciones
conceptuales representen generalmente una mera opinión sobre la
teosofía. Encima de eso, lo más probable es que no sea una opinión
sabia, dado que la transformación espiritual no es un elemento esencial
de la especulación metafísica. Como se expresa en una obra budista
publicada en privado y citada por HPB, "no se puede fiar el conocimiento
[de la Ciencia Secreta] a nadie, antes que le llegue la hora". Y HPB
continúa,
Un hombre interesado en obtener dominio de los misterios del Esotericismo antes de haber sido declarado por Tch'-an'si (maestros) iniciados como preparado para recibirlos, es comparado con
"alguien quien, sin linterna y en una noche oscura, se metiese en un lugar lleno de escorpiones, determinado a buscar en el suelo una aguja que se le cayó a su vecino".
Y:
"Aquel que desee adquirir el Conocimiento Sagrado debería, antes de caminar muy lejos, 'ajustar la lámpara de su comprensión interna', y seguidamente 'con la ayuda de tal buena luz' usar sus acciones meritorias como si fuesen un trapo para remover todas las impurezas de su espejo místico, para así poder ver en su lustro la fiel reflexión del Yo... Primero, esto; seguidamente, Tong-pa-nya [el estado de absoluta ausencia de pecado o deseo alguno]; por último, Samma Sambuddja [el estado durante el cual un Adepto puede ver la larga serie de sus pasadas vidas, y vive a través de todas sus encarnaciones previas en este mundo y en otros]"
En otras palabras, según HPB y sus maestros, para poder estar en
posición de iniciar el estudio de "la teosofía", primero es necesario
que haya comenzado a tomar lugar una transformación psicológica. Si no
hay transformación en proceso, entonces lo que uno hace --sea lo que
sea, y por muy "bien informado" que esté-- no es teosofía.
Polvo de zen
Incidentalmente, es curioso ver cómo en esa última cita HPB hace
referencia a que usemos las acciones meritorias como si fuesen un trapo
con el cual remover todas las impurezas del espejo místico. Esta es una
diáfana referencia al uso de precisamente esa misma imagen en la
historia antigua del budismo zen, y por lo tanto su propósito es
conectar la esencia de la teosofía con el tipo de transformación que se
supone que el zen contribuye a generar. Se refiere específicamente a un
famosísimo verso compuesto por el sexto patriarca del zen en la China
del norte, que dice:
Este cuerpo es el árbol Bodji,
El alma es cual brillante espejo,
Cuídate de mantenerlo siempre limpio,
Y no permitas que de polvo se acumule.3
La referencia de HPB implica claramente una identidad entre la
doctrina secreta que ella y sus maestros enseñaban, y enfoques
transformadores, tales como los que se pueden encontrar en el zen. Ni es
ese el único lugar en que se pueden hallar referencias similares. En La Voz del Silencio, por ejemplo, hay un fragmento que comienza:
Pues la mente es como un espejo, acumula polvo mientras refleja.4
Ella explica esa oración en una nota, en la que ofrece la fuente de la misma, diciendo,
Tomado de la Doctrina de Shin-Sieu, quien enseña que la mente humana es como un espejo que atrae y refleja cada átomo de polvo, y tiene que cuidarse y limpiarse todos los días, al igual que el espejo. Shin-Sieu fue el sexto Patriarca de la China del Norte, que enseñó la doctrina esotérica de Bodjidjarma.5
Bodjidjarma fue, como bien saben los budistas, el fundador del zen.
Es importante además no perder de vista que, según HPB, estos fragmentos
de La Voz del Silencio ella se los sabía de memoria, y
habían sido elemento críticamente intrínseco de su preparación bajo la
tutela de los maestros. En otras palabras, ella nos está diciendo,
ineludiblemente, que una parte importante de su propia preparación
consistió en estas prácticas de transformación psicológica que se
identifican con el zen.
Aparte de sus méritos intrínsecos, un detalle curioso sobre las
referencias de HPB es que --contrario a lo que creen los académicos
budistas en general-- ella fue la primera persona que hizo uso de
doctrinas zen en el occidente. Usualmente, se cree que el primer
conocimiento que hubo sobre el zen fuera de los círculos budistas había
sido dado por el Dr. D.T. Suzuki en sus Ensayos Sobre Budismo Zen, que comenzaron a publicarse en 1927.
En capítulos subsiguientes se exploran algunos aspectos más profundos de
estas conexiones con el zen. Pero primero, es importante que demos un
vistazo a otras cuestiones que son determinantes para poder tener una
comprensión más cabal de la verdadera naturaleza y fuentes de la
doctrina secreta. Ese es el propósito de los dos capítulos siguientes.
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